Desde aquel día que soñé


Ese día me levante, me levante y miré por la ventana, a lo lejos había una montaña, estaba lejos … Muy lejos!. Pero decidir ir a dar un paseo y ver que encontraba por el camino.

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Cogí una mochila, y me fui de excursión, ¡Tuve suerte!.

El día era soleado, corría una pequeña brisa que despeinaba mi cabello, al mirar arriba vi como el cielo estaba lleno de nubes y decidí tumbarme en el prado que encontré.

Cerré los ojos y con la forma de una de las nubes comencé a soñar:

Soñé que subía a esa montaña que veía a lo lejos,

Soñé como me caía, y  me vi cómo me levantaba,

Soñé cómo mientras los días pasaban el camino se iba haciendo más largo y en ocasiones empinado, cómo en algunos momentos las fuerzas me traicionaban y me hacían ocultarme en una cueva, y allí con el calor de las ascuas del fuego, me recomponía y seguía la ascensión.

Por el camino, me iba encontrando con piedras, flores, animalitos y algún que otro loco excursionista que buscaba el mismo sueño que yo ¡subir la montaña!; y así, esa pequeña mochila con la que empecé mi camino se hizo muy pesada.

Mientras seguía soñando, me venían a la cabeza mis amigos, familia y los días aburridos y monótonos que tenía en mi antigua vida en la ciudad pero sin embargo seguía allí: soñando…

Las nubes seguían pasando sin hacer ningún ruido hasta que comenzó a llover. La tormenta me hizo despertar de este letargo y salir corriendo en busca del refugio de mi casa, pero se hizo de noche y no pude llegar a tiempo. ¡Me perdí!.

El miedo se apoderó de mí, y lloré amargamente pensando que había hecho, cómo había podido estar soñando sin darme cuenta del tiempo que había pasado.

Totalmente calada y muerta de miedo y frío, escuché un ruido y de repente el cielo se iluminó: Era una tormenta enorme, … pero el rayo que cayó me hizo ver durante unos segundos hacia donde quería ir.

En ese momento lo entendí:

Aprovechar la tormenta para poder encontrar el camino de vuelta.

Y así, entre rayos, truenos, lluvia, miedo y frío el ocaso del día se hizo presente, y pude contemplar una de las postales más bellas que nunca en la vida hubiese podido imaginar, los colores se mezclaban, amarillo, rojo, naranja…, y con lágrimas en los ojos me quedé extasiada con ese momento, con mi momento y volví a aprender una de las lecciones más importantes: La felicidad está en ti.

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Un anciano vivía en el pueblo. Todo el pueblo estaba cansado de él; siempre estaba triste, se quejaba constantemente y siempre estaba de mal humor. Cuanto más vivía, más vil era y más venenosas fueron sus palabras. La gente hizo todo lo posible para evitarlo porque su desgracia era contagiosa. Creaba la sensación de infelicidad en los demás.

Pero un día, cuando cumplió ochenta años, sucedió algo increíble. Instantáneamente todos comenzaron a escuchar el rumor: “el viejo está feliz hoy, no se queja de nada, sonríe e incluso su rostro parece más iluminado”.

Toda la aldea se reunió alrededor del hombre y le preguntó: “¿qué te ha pasado?”

El viejo respondió: “Nada especial. Ochenta años he estado persiguiendo la felicidad y fue inútil. Y luego decidí vivir sin felicidad y simplemente esforzarme en disfrutar de la vida. Y así he alcanzado la felicidad”.

Feliz día!

 

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