Un relato improvisado


Es un día gris, llueve, fuera hace frio y el otoño ha llegado casi acompañando al invierno.

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Acabo de hacer mi maleta para de nuevo ir a Ecuador, se puede decir que he tenido suerte porque por circunstancias externas ( y tristes ) me he quedado 2 semanas mas de lo previsto en España. De nuevo una rutina ya olvidada, mi hogar, mis amigos, mis problemas domésticos, mis problemas en general, pero en mi casa…

Me resulta fascinante como podemos vivir en cualquier lado, pero lo que por lo menos para mi está claro es que el sentimiento de hogar no se tiene en todas partes. Así es que, me he puesto mi copa de vino, a Terry Oldfield de fondo y me regalo este momento contigo y conmigo, que aún sabiendo lo necesario que es hace tiempo que no me lo permito, y antes de volver a la locura de vida en la que estoy inmersa:

Yo te pregunto: ¿ Sobrevivir o vivir donde está el límite ?.

En aquel pueblecito perdido en medio de la montaña, donde el sol cada día ilumina sus verdes praderas, cuentan los lugareños del lugar que había una niña que hacia volver locos a todos los que con ella se cruzaban.

Tenía tantas ganas de saber, de aprender, de vivir, no entendía que más podía haber fuera de esas verdes praderas y se pasaba los días sentada al lado del los ancianos del pueblo escuchando, historias de antaño en los que uno de ellos cruzo dichas colinas.

El día de su undécimo cumpleaños sus padres, que no tenían muchos recursos le dijeron los siguiente:

– Querida hija, tú bien sabes que eres nuestra vida, tú bien sabes que no tenemos medios económicos para regalarte lo que deseas, salir de estas laderas!; pero vamos a hacerte dos preciados regalos que esperamos que en unos años aprecies:

Te vamos a regalar estas botas, son grandes, quizás no muy bonitas y aún te quedan años para usarlas pero ¡Guárdalas!; Tenlas visibles, y recuerda que algún día podrás ponértelas e ir a conocer mundo e investigar mas allá, pero ahora te pedimos que uses este segundo regalo.

Ella exclamó llena de sorpresa:

¿Una cuerda?!!, y su padre contestó:

– Si hija mía una cuerda, una cuerda para que disfrutes tu niñez, para que saltes con ella, con tus amigos, cantes mientras corres,  para que colgada de un árbol sientas el “peligro de caer” al suelo, de sentir el viento mientras te balanceas incluso algún día te la podrás llevar en tu mochila y sostener tu equipaje.

Pero ahora, es hora de vivir pequeña, vive salta, ten curiosidad pero disfruta de lo que te da la vida, disfruta de lo que tienes alrededor, impregna en tu retina el verde de las praderas porque cuando crezcas no verás nada igual, disfruta, disfruta tu momento y no quieras adelantarte.

La vida es sabia y sabe cuando darnos a cada uno nuestro regalo…

Continuará…

 

 

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