Relato Improvisado: Pasaron los años


“Nos enseñan a contar los minutos, las horas, los días y los años…pero, nadie nos explica…el valor de un momento”.

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La vida va pasando para todos, los días se esfuman, los minutos se convierten en segundos y en muchas ocasiones las horas ni se ven venir.

Ahora que está tan de moda hacer películas de los cuentos infantiles, creo que me podría presentar al casting de Alicia en el País de las Maravillas como el maravillo Sr. Conejo.

“El Conejo Blanco se puso las gafas. –¡Por dónde debo empezar, con la venia de Su Majestad? –preguntó. Empieza por el principio, dijo el Rey con gravedad, y sigue hasta llegar al final; allí te paras.”

Quizás nos pasa (y aquí me incluyo yo), que en el día a día nos vemos rodeados de tantas cosas, de tantos estímulos, de tantas puertas por abrir que no sabemos por dónde empezar…

 Y así continua la historia:

La pequeña niña hizo caso a sus padres, buscó una caja de cartón donde poder guardar esas grandes botas que le habían regalado, y como para que no se le olvidara escribió en el lateral de la caja con un rotulador, bien grande: “Te esperamos para la aventura”.

La colocó en la estantería enfrente de su cama y todas las noches antes de apagar la luz leía la frase con ilusión. Como todo en la vida, el tiempo pasa, las cosas cambian, se estropean y en muchas ocasiones la paciencia se marcha para dejar presente el enojo, la frustración de lo que nunca llega, o simplemente lo que sucede es que tú ya no eres el mismo.

“Hay un tiempo para dejar que sucedan las cosas, y un tiempo para hacer que las cosa sucedan”.

Ella fue creciendo, acabó el colegio, fue al instituto y sus prioridades cambiaron. Pero lo que nunca perdió fue su interés por las historias, por la historia del lugar, de su entorno, de la cultura. Se había leído prácticamente todos los libros de la biblioteca que tenían que ver con algo relacionado con la historia de su pueblo o alrededores; y sin darse cuenta amaba su pueblo, a su gente, y así poco a poco sin ella saberlo, se convirtió en alguien con lo que todos querían estar.

Las nuevas tecnologías facilitaron que se hiciera famosa, esa pequeña niña conseguía juntar a todos los niños, y mayores del lugar para contar aquello que había aprendido en esos años de inquietud. Cual juglar, se subía al peldaño de la fuente de la plaza del pueblo y comenzaba a relatar las historias que tantas veces escuchó o leyó, y de todo lo que ella soñaba se escondía detrás de esas verdes praderas.

Lo que nunca fue consciente es que su anhelo de salir del pueblo le hizo tener aún más raíces, esa pasión con la que vivía le hizo conseguir una beca para estudiar en unas de las mejores Universidades de historia del país.

Pasaron los años, la pequeña niña se convirtió en una eminente historiadora, había conseguido todo lo que al parecer quería, conocer mundo, a la gente, la cultura, empaparse de lo que le rodeaba pero algo en ella cambió.  Sin saber muy bien que era, no era la misma.

Un buen día al llegar a su gran casa, después de una jornada de duro trabajo, se quitó los tacones, se puso una copa de vino tinto y sin darse cuenta pasaron las horas mirando a través de la ventana viajando a algún lugar conocido. Hasta que el ruido del teléfono le despertó de ese pequeño instante de paz.  Era el alcalde de aquel pueblo del que huyo pero tan presente lo tenía en su día a día, le invitaban a dar una charla en la nueva biblioteca del pueblo ese mismo fin de semana; la noticia le pilló de improviso, tal que su primera reacción fue decir que no tenía tiempo. Hacía muchos años que no iba, tenía demasiado trabajo y una fiesta super chic como para dejar de ir.

Se disculpó con el Sr. Alcalde, cenó algo ligero y se acostó.

Esa noche soñó con las verdes praderas, soñó con la cuerda con la que tanto jugó, con sus padres, sus amigos, con la fuente en donde relataba las historias, y al despertar volvió a sentir ese brillo en los ojos, esa sensación de paz. Así que, decidió llamar al Sr. Alcalde anular sus compromisos y pasar algunos días en su pueblo.

Al entrar a su cuarto, este ya no era el mismo: su madre lo había convertido en un taller de costura, lleno de retales por el suelo. Comenzó a recoger cada uno de los trocitos de tela, de diferentes colores que se esparcían por el suelo; y de repente detrás de unos rollos de tela, vio unas letras que le resultaban familiar, aparto esos rollos y dos lágrimas cayeron por sus mejillas: Allí casi no se podía apreciar lo que había escrito pero borroso pudo leer “aventura” y en ese momento al abrir la caja se encontró aquellas grandes botas que no parecían tan grandes ahora.

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Se las probó y comenzó a reír, una risa nerviosa; Es en ese momento cuando comprendió lo que sus padres quisieron darle, en ese momento comprendió que por mucho que andes, por mucho que cambies, que viajes, en realidad tu eres la única persona que puedes encontrar lo que anhelas, tu eres la única persona que puedes decidir ser feliz. Si  bien es cierto, el entorno, las personas condicionan ese momento pero tú decides como tomarlo.

Las botas simplemente eran una metáfora de que el camino que tenía por recorrer iba a ser duro, se iba a tropezar, se iba a caer, incluso seguro que en algún momento se rompían pero podía seguir caminando, siempre puedes elegir caminar. Da igual hacia donde, da igual lo empinada que sea la montaña, tú sigue, sin mirar atrás.

El horizonte es mucho más bonito cuando amanece y cuando atardece:  llegar ese punto hace que todo tenga sentido.

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